Por Adrián Arévalo

Espero que estas líneas sirvan de recordatorio a quienes sean tan amable de leerlas.

México se reconstruye todos los días.

Ese fue el primer latido del sueño mexicano, quizá el de todas las historias de heroísmo y hermandad que sucedieron a los lamentables acontecimientos por todos conocidos en ese septiembre maldito.

Esos relatos contados vivirán en todos por generaciones.

Mediante esas acciones y esas historias se gesta, a raíz de la sacudida proveniente de lo más profundo de la tierra y la consecuente destrucción, un impulso para la renovación.

Pasa en la naturaleza, puede pasar en la sociedad.

A las víctimas habrá de recordarlas, que su recuerdo nos impulse a que su ausencia, su sacrificio, no haya sido en vano. Que ellas nos recuerden que esta sociedad, dominada por las nuevas tecnologías, el consumismo y los falsos satisfactores, no está compuesta por las almas convertidas en datos y estadísticas.

Esas víctimas  se han convertido en el catalizador del primer latido del sueño mexicano.

El nacionalismo es más que “ponerse la verde” en las malas y en las peores, es más que criticar a Trump como el villano favorito, es más que ser el primero en contar el chiste o subir el meme de la última ocurrencia de nuestro actual mandatario.

La colectividad mexicana, durante este momento de crisis (que está lejos de haber pasado), hizo tácito el concepto de nacionalismo y reafirmó su personalidad e individualidad mediante su autodeterminación política.

Al momento de ser requerida, esta sociedad respondió a su manera, espontánea, sin vacilaciones, muy, muy por encima de su clase política, la cual ya no genera ninguna expectativa, pues ha dedicado a mostrarse tal cual es: mezquina, pobre con bolsillos llenos, poco solidaria, alejada de la desgracia y cercana a sus intereses, una mayoría política decepcionante, de Los Pinos a la delegación, pasando por todos los colores, rojos, amarillos, azules, verdes y morenos.

El pueblo de México demostró su capacidad de autogestión e hizo temblar a quienes creían que tienen todo bajo control, el terremoto fue de doble sacudida para ellos y hoy, sobre ellos, continúan las réplicas.

Esta clase política quedará marcada para siempre como aquellos que se quedaron como las “estatuas de marfil” ante la tragedia y ante un pueblo organizado que se dio cuenta del enanismo que tienen sus representantes y sus instituciones, las cuales se merecen un antimonumento por temblarles la mano para levantar a su pueblo.

Hay que ser honestos en nuestro ser y actuar, en ello también radica la protesta, incluso la subversión que de ninguna manera debe significar violencia o radicalización, de esa virtud es donde ha salido el primer latido del sueño mexicano, y el último de nuestra rancia clase política.

Nuestra tierra ha sido cimbrada por el paso demoledor de una sociedad solidaria para mostrar ese terruño a las nuevas generaciones que, por primera vez, lo vean como Patria, un hogar que sus antecesores construyeron para brindarles un futuro mejor, una esperanza de que en el mayor de los desafíos aprenderán a responder tal y como lo hizo esta generación de jóvenes que sacaron la cara por sus hermanos, por su patria y su país.

Ellos narrarán la historia del primer latido del sueño mexicano. Ese sueño de que tener un mejor país está en nuestras manos, no en la de quienes se dicen nuestros representantes y han convertido a la República en zona de saqueo.

La reconstrucción sigue, el terreno y los cimientos están bien puestos en la mente y el corazón de nuestro pueblo, lo único que nos puede llevar a la destrucción es la intolerancia y el odio.

Y como dijo una vez el gran José Martí: “Es hora ya de que las fuerzas de construcción venzan en la colosal batalla humana a las fuerzas de la destrucción”.

Venga ya la fuerza de la construcción y las fuerzas de destrucción que vivan por siempre con las réplicas de su ineptitud.